Voz poética desde el confinamiento


Escribe: Marco Martos

Un escritor necesita cierta soledad para escribir, a diferencia del periodista que tiene que pergeñar sus notas en medio del vocerío de las salas de redacción. Sin duda, un efecto colateral del confinamiento al que nos ha llevado esta epidemia es el mayor tiempo que uno está consigo mismo. Pero como no es una elección, claro que hay problemas, uno está obligado a estar solo y a cumplir las órdenes remotas, pero eficientes. La cárcel, la escuela, los hospitales y los cuarteles, tienen un orden jerárquico estudiado por la filosofía, a lo que hay que añadir hoy esta especie de detención domiciliaria, donde salir por el barrio a la farmacia o comprar víveres tiene un extraño parecido con esa hora en la que los detenidos salen al patio de la prisión. Nuestro adversario es fuerte, está en todas partes, y al mismo tiempo es débil, no resiste al agua y jabón y al calor. En mi caso, como estoy acostumbrado a pasar horas al lado de libros, leo más lento y con cuidado y aunque no estoy escribiendo directamente sobre la epidemia no he bajado el interés por la escritura de poesía y lo hago con la misma regularidad, he escrito unos cuatro o cinco poemas en este tiempo, uno al jacarandá, un árbol que abunda en Lima, otro a Roman Jakobson, el célebre lingüista, amante de los gatos. He terminado de preparar una breve antología de mis poemas, una más, pues este año salen otras dos, para la editorial Hipocampo y que se llama "Zona de turbulencias". Me estoy preparando para los talleres virtuales de poesía o de lectura que tendré a lo largo de estos meses. Y juego todos los días una o dos partidas en línea de ajedrez, mi juego favorito. Creo que la frase es de Goethe: si la inspiración te llega, que te encuentre trabajando. De otro lado, vida y muerte son dos caras de una misma moneda, una se explica con la otra, vive lo que muere. Nadie es demasiado viejo como para no tener esperanza de vida, de por lo menos un año, y nadie es demasiado joven como para no poder morir en el día, lo escribió Fernando de Rojas, el autor de "La Celestina" y hoy sus palabras cobran mayor significado.