Nuestra infaltable soledad


La soledad es muchas veces asumida como una insípida condición, en la cual uno indaga sobre situaciones desfavorables ligadas a sí mismo o a su contexto. Posiblemente es por eso que la soledad, al percibirse, asusta. Asimismo, no es indispensable estar acompañado para evitar dicha sensación.

Si nos planteamos la idea sobre el contexto en el que estamos sumergidos, uno mismo puede detectar que la soledad no es ajena a nuestra cotidianidad; por lo tanto, es inevitable sentirnos vulnerables e insignificantes ante un agente tan peligroso que, sin dudarlo, se vuelve cada vez más intimidante.

Por otra parte, la soledad también es una elección. En determinadas ocasiones uno toma la decisión de permanecer en ese estado, no por experimentar la desazón que a veces puede conllevar, como líneas arriba comenté, si no que significa también la disposición de reconocerse a sí mismo o simplemente disfrutar el hecho de sentirse así, solo.

Es así como la coyuntura actual mantiene a la mayoría de personas en un estado frágil o enriquecedor, en la que no decidimos si tomamos o no las riendas de nuestro estado emocional, si no que nos vemos obligados a hacerlo, sin prórroga alguna.

La idea puede digerirse, en primera instancia, descabellada, y efectivamente lo es, ya que uno puede darse cuenta también de la realidad en la que estuvo inmerso, juzgándola por no haber aprovechado la libertad, que hoy nos restringen, de hacer o no hacer, convirtiéndose en una frustración.

Actualmente, nos queda asumir esa sensación que nos embriaga de pensamientos positivos y negativos, de enriquecimientos y frustraciones; pero a la vez, estamos obligados a aprovechar de aquella soledad de la que estuvimos distanciados tanto tiempo. Es una oportunidad para someternos a nuestro mayor miedo: nosotros mismos.