El peor momento para ser un imbécil (OPINIÓN)


La denuncia contra Yonhy Lescano y la necesidad de definir cuál es el auténtico error del congresista en medio de una sensible coyuntura

POR: JUAN CARLOS GAMBIRAZIO

Apremiar de forma insistente a alguien con molestias o requerimientos. Es esa la definición que la Real Academia de la Lengua Española (RAE) le dedica a la palabra “acosar”. Y si se le quiere llevar al ámbito sexual, la descripción reza lo siguiente: acoso que tiene por objeto obtener los favores sexuales de una persona cuando quien lo realiza abusa de su posición de superioridad sobre quien los sufre. Partiendo de esto y apoyándonos en lo que, hasta el momento, los implicados en el caso nos han permitido ver, cabe preguntarse ¿es Yonhy Lescano un acosador?

Lo que hemos visto durante todos estos días es la manera en la que un congresista de larga data destruyó su reputación con una facilidad abrumadora, cómo una periodista ha elegido el anonimato para hacer su denuncia, a una esposa desorbitada que elige blindar a su marido ante un hecho que parece no comprender del todo y a un sector de la sociedad que, definitivamente, está ávido de regodearse en las bondades del morbo. Pero quizá lo más llamativo y, hasta cierto nivel, preocupante, sea la manera en la que el asunto ha sido abordado desde la perspectiva de los tiempos que se viven. Llegando a este punto es importante aclarar que, bajo ninguna circunstancia, Lescano es una víctima, en todo caso está pagando los platos rotos de su propio desastre. Las explicaciones que ha buscado dar, los complots a los que apunta y la manera en la que justifica su accionar no hacen más que hundir por completo la imagen estable que durante años esculpió. Es claro que se siente traicionado, emboscado, pero también es evidente que posee un concepto distorsionado de lo que es normal y no respecto a las conversaciones expuestas. Es necesario que el congresista entienda que lo que hizo está mal y también es importante entender que eligió el peor momento para ser lo que es, en medio de una coyuntura en la que la sensibilidad social respecto a las injusticias que padecen las mujeres es un tema latente. Cualquier indicio de abuso o maltrato hacia la mujer despertará indignación y alerta, y por supuesto que eso está bien, los tiempos que vivimos lo exigen.

Sin embargo, cabe preguntarse si la figura de acoso es la que con mayor fidelidad retrata la barbaridad de Lescano. El congresista se muestra burdo, ordinario y hasta torpe, pero no parece existir presión para obtener algún favor sexual u hostigamiento, mucho menos valiéndose de su posición. La sensación que queda es que Lescano sería igual de imbécil si fuera ingeniero, profesor, ambulante, médico o un desempleado.

La ausencia de un nombre para la víctima potencial también genera suspicacias, pues le resta peso a la denuncia, existe indignación, sí, pero parece haber un vacío sin la figura de una víctima tangible. Las conversaciones que el congresista hizo públicas hace poco revelan una supuesta relación de condescendencia entre ambos, no necesariamente una amistad, pero sí un antecedente de cercanía, nada que amerite las faltas de respeto en las que incurre Lescano ciertamente. Pero acoso no parece acercarse a la figura expuesta.

El caso debe ser investigado y el castigo para Lescano debe marcar un precedente, pero resulta urgente que actos como este sean valorados, o castigados, en su real medida. Flaco favor le haremos a la víctima brindándole a esta acción un término que no le corresponde y que podría restarle valor a las consecuencias que, sin dudas, debe traer una situación como esta.