BALADA DEL CRONISTA AGÓNICO

Foto: Santiago Salas Gambirazio

Eloy Jáuregui le sacó la vuelta al coronavirus, pero continúa luchando contra las secuelas de una enfermedad que lo ha llevado a reconocer una versión suya para la que no estaba preparado. Habla del trance por el que pasó, su coqueteo con la muerte, su fuga de una clínica particular, lo que se le viene al país y el nuevo rumbo que su libro ha tomado a partir de la experiencia vivida. “La tristeza nacional ha hecho que el Perú parezca una fosa común”, dice, invadido por la nueva melancolía que una mascarilla le impone.

Escribe: Juan Carlos Gambirazio

Es una postal clásica. Con las manos escondidas en los bolsillos del pantalón, Eloy se planta dándole la espalda a la fachada del Tobara, como midiendo al fotógrafo que busca inmortalizarlo frente a la puerta de ese viejo bar surquillano. Saco claro, semblante sereno y una mirada que parece marcar distancias a la vez que te invita a desgraciarte a huaracazos. Hoy, el Tobara ya no existe y Eloy ha vuelto a nacer.

Eloy Jáuregui con la fachada del bar Tobara a las espaldas, en Surquillo. (Foto: Difusión)

Con la misma percha de esos años, nos espera en la puerta de su departamento, el mensaje de sus gestos solo es descifrable a través de su mirada, la mascarilla le limita el rostro. Nosotros llegamos con una botella de pisco, conscientes de que no se la puede tomar, pero intentando forjar un pacto para que, más temprano que tarde, pueda volver al ruedo. A Eloy uno debería abrazarlo, estrecharle la mano con ímpetu, pero hoy toca conformarse con un “hola” lejano y una generosa dosis de alcohol… medicinal. Aunque el cronista baja el volumen, el jazz sigue invadiendo el ambiente.

Pa’ bravo yo

Eloy preparando un libro sobre el coronavirus en el Perú, la fórmula no tenía pierde, pero el autor sí. Semana a semana, a través de sus redes sociales o su columna en el diario La República, nos mantenía al tanto de lo que hacía, se estaba metiendo a la boca del lobo, no era novedad. En buena medida, su trabajo ha partido siempre desde esa premisa, la de tomar al toro por las astas, dominar barrios picantes, conquistar huariques y exudar tradición con su pluma magistral. Pero esta vez el personaje era distinto, indomable, desconocido y Eloy se lo tuvo que bancar.

“Uno siempre está festejando la vida, celebrando la existencia, pensando que va vivir para siempre y, de pronto, todo eso se acaba y te das cuenta de que te estás muriendo. Lo peor es que no has preparado nada, la enfermedad te agarra como un accidente”, suelta, como liberándose de un peso.  

Cuenta que una mañana despertó con carraspera, pensó que era el preludio de un resfriado común y siguió con su vida, fue al banco y al supermercado. Al mediodía llegó la opresión en el pecho y en la noche ya no podía respirar. Ese primer episodio lo superó con una receta casera que un amigo doctor le dio por teléfono: “Me dijo que consiga Halls negros y me los meta a cada rato, uno tras otro. También que prepare una infusión con kion, ajo, cebolla, dos limones y canela. Parece mentira, pero esa noche la pasé gracias a eso”. Al día siguiente, fue a Emergencias del hospital Rebagliati y le hicieron las pruebas: “Tenía el coronavirus hasta en las orejas. Me mandaron a aislarme en mi casa”.

"Sudaba frío, tenía pánico, yo había visto cómo a las personas que acababa de entrevistar las metían en bolsas negras y las fondeaban en los estacionamientos de los hospitales..."

La desesperación juega un papel esencial en el proceso de esta enfermedad, la imposibilidad de respirar sumada a la cercanía de un final atípico, más triste de lo normal, causa estragos en el ánimo de los infectados. Eloy no fue la excepción.

“En ese momento, yo me tomaba todo lo que me decían porque no quería morirme. Sudaba frío, tenía pánico, yo había visto cómo a las personas que acababa de entrevistar las metían en bolsas negras y las fondeaban en los estacionamientos de los hospitales, yo preguntaba por ellos y me señalaban las bolsas. Sentí que ese era mi destino.”

Fue en ese proceso de tomarse todo que llegó a la Ivermectina, medicina que lo llevó a pensar que le había ganado al “bicho”: “Solo la tomé dos días, una gota por cada kilo de peso. Al tercer día estaba como nuevo, no sentía nada, no me ahogaba. Me recuperé, volví a salir, a ir a los hospitales para terminar mi libro”.

Tu mala canallada

El baile apenas comenzaba. Eloy disfrutó de esos momentos de lucidez, como si de un último deseo se tratase. La Ivermectina se presentaba como ese elixir de ensueño, que le devolvía al cronista sus fuerzas, su talento, sus poderes, y lo lanzaba de nuevo a ese lienzo infernal que es la calle, sobre el que Jáuregui danza, gestando lo mejor de su talento. Sin embargo, se trataba de un sajiro canalla, de una licencia cruel.

“Recaí, sentí todo de nuevo, la opresión, mis pulmones no se llenaban, me desesperé, mi mujer no podía hacer nada. Llamé a todos lados, nadie me contestaba, todo estaba saturado, salí por la ventana y grité ‘¡Vecinos, ayuda, no puedo respirar! ¡Alguien que tenga carro para que me lleve a Emergencias!’ Yo decía ‘ya me cagué’, comencé a sentir zumbidos a los lados de la cabeza, no veía bien, hasta que me desvanecí, perdí la conciencia”.

"Al tercer día me escapé porque pedí el detalle de la cuenta y ya iban noventa mil soles. Me ayudó un trabajador de la clínica, me disfracé de enfermero y a las seis de la tarde ya estaba en un taxi rumbo a mi casa."

Es posible que esta segunda etapa de la historia sea la más cruda, pero también la más sicodélica. Eloy cuenta que uno de los días durante la recaída terminó saliendo a la calle, desesperado, y comenzó a deambular hasta que llegó a una clínica privada de la que al final se escapó porque la cuenta se acercaba a los cien mil soles en el tercer día.

“Comencé a caminar desde la unidad vecinal N° 3, cerca a la universidad San Marcos, pasé por Pueblo Libre, fui por todo Sucre. Ese camino lo recuerdo poco, pero terminé en la Clínica Internacional y ahí me internaron, felizmente tenía una tarjeta de crédito. Al tercer día me escapé porque pedí el detalle de la cuenta y ya iban noventa mil soles. Me ayudó un trabajador de la clínica, me disfracé de enfermero y a las seis de la tarde ya estaba en un taxi rumbo a mi casa.” Su mujer, María Isabel, ya lo creía muerto.

Por supuesto, la clínica lo encontró, lo hizo firmar unas letras y Eloy está endeudado hasta los codos. Cuenta que algunos amigos lo han ayudado muchísimo, entre ellos Gastón Acurio y algunos médicos, pero que también varias personas le han dado la espalda. Incluso, recuerda que no solo nadie lo ayudó aquella vez que gritó desde la ventana de su departamento en la unidad vecinal, sino que un grupo de vecinos armaron un documento pidiendo que se mude. “Hace poco me enteré de que hay como diez muertos ahí”, cuenta y sus ojos sonríen con tristeza.

Para alguien como Eloy es difícil darse de cara con una realidad tan compleja como la de la degradación personal, la enfermedad cercena el ánimo y mella la autoestima. Por momentos, parece que cediera al agobio y la desdicha comienza a ganar terreno: “La tristeza es lo más complicado. Te viene una soledad y una tristeza terrible, no tienes ganas de nada, viene la depresión, el estrés, dan ganas de llorar, yo no lloraba desde niño y ahora lloro por cualquier cosa. Siento que no hay futuro, que estoy hasta las huevas. No tengo nada que hacer”.

Hace un tiempo que Eloy vive solo en un departamento de Santa Beatríz, unos familiares lo ayudaron con el alquiler. La relación con su esposa se vio afectada por la enfermedad, ella también se contagió, aunque su trance fue menor. Los problemas de dinero, el temor, pero sobre todo la incertidumbre minaron la unión y, aunque aclara que la relación no ha terminado, reconoce que en este momento lo mejor es la distancia.

Guitarra con cuerda rota

Muy a su pesar, Eloy es un testigo privilegiado de lo que el coronavirus puede hacer con un país que ya agonizaba. En el proceso de escribir Asfixias: crónica de la peste en el Perú, libro que todos esperamos con ansias, entrevistó a más de cuarenta enfermos, además de doctores en distintas instituciones de salud, entre las que destacan los hospitales Arzobispo Loayza y Dos de Mayo. La estrategia fue similar a la fuga de la Internacional, se hacía pasar por médico con la ayuda de sus amigos doctores e ingresaba a los nosocomios para conocer de cerca a su verdugo. De una manera extraña para la que Eloy ni siquiera ensaya una explicación, el cronista parecía buscar con esmero ser protagonista del libro que está destinado a escribir.

“La gente muere porque no tiene oxígeno. No pueden respirar y ahí empieza a jugar su papel la sugestión, la desesperación, porque yo creo que la peor manera de morir es por asfixia, si te da un infarto qué mierda, te quedas ahí, pero esto no es así. Por eso creo que los ahogados son lo muertos más feos, mueres desesperado.”

Eloy ha vuelto, sí, pero no es el mismo y él lo tiene más claro que nadie. Reconoce que todavía lo abordan episodios de delirio, que recibe la asesoría de un psicólogo que le ha servido de mucho, pero que continúa asustado.

“La mayoría dice que nadie recae, que lo jodido es el proceso de recuperación, las secuelas. Para mí, la peor de las secuelas es que siento a la muerte demasiado cerca, los ahogos me agobian, me tengo que cuidar todo el tiempo. Pese a todo eso, he sentido que he vuelto a nacer”, sentencia.

Eloy mostrado la Ivermectina, gestora un alivio efímero para el cronista.

Pero es preciso no confundir su temor con la simple necesidad de aferrarse a la vida, es el tipo de muerte que viene dentro del paquete del “bicho” lo que perturba al cronista, lo que lo tiene intranquilo: “Es la degradación del ser humano, cómo la enfermedad te caga, te vuelve basura. Es denigrante. El muerto incluso no es el muerto común. En el Perú, al igual que en México, la muerte es una fiesta, pero esta muerte te quita todo, te enfermas, te internan y ya no te ven más, te devuelven en un frasco, en polvo”.

Y es que a Eloy no se la contaron, él la tuvo al frente y después se la llevó consigo. Sabe que la negligencia está a la orden del día al momento de lidiar con el COVID-19. Cuenta de casos en los que los restos se pierden o, incluso, de familias que han recibido dos veces las cenizas de sus parientes. La improvisación gobierna.

Usted es la culpable

Como era de esperarse, la adversidad hizo que su mirada sobre la realidad decadente del país se agudice, pero Eloy tiene claro que el calvario no llegó de la noche a la mañana, sino que venía incubando desde hace décadas y todo parte de aquello que denomina como una “pandemia nacional”: la corrupción.

“La crisis del sistema de salud en el Perú viene de antes, las clínicas siempre han sido abusivas, ¿quién tenía seguro o SIS?, el veinte por ciento, el resto no tenía nada, no te podías enfermar. Lo que no pasa en Uruguay, en Cuba, en Venezuela, donde los sistemas de salud protegen a la gente, por eso está ahí la cantidad de muertos. En Cuba no llegan ni a los 90 muertos creo y en Perú ya son más de diez mil. Precisamente en los países en donde la corrupción está más asentada es donde hay más muertos porque los sistemas de salud son exclusivos.”

"Al millonario más millonario del Perú, Carlos Rodríguez Pastor, el gobierno le ha prestado plata, ese huevón está en la revista Forbes, tiene 4 mil cien millones de dólares como fortuna y el gobierno favorece a sus empresas… ¿cómo le van a prestar plata a él si a los que tienen que prestarles plata es a los pobres? No es el sistema de salud, es el sistema político el que ha colapsado”.

Jáuregui es claro cuando apunta que este gobierno no tiene la culpa de que se haya llegado a este punto, pero también se muestra enfático al señalar que la gestión de Vizcarra no está haciendo las cosas bien: “Todas las medidas que se han tomado se han corregido, son ocurrencias de los ministros, se crean comités, se acaba de crear el Comité Vacuna, ya no saben qué hacer. En el Perú, los médicos viven atormentados porque ganan una cagada. Hay siete hospitales que están por inaugurarse desde hace cinco años, pero no lo hacen porque el Ministerio de Salud no tiene plata”.

Eloy parece tomar fuerza y dispara con precisión: “Al millonario más millonario del Perú, Carlos Rodríguez Pastor, el gobierno le ha prestado plata, ese huevón está en la revista Forbes, tiene 4 mil cien millones de dólares como fortuna y el gobierno favorece a sus empresas, es dueño de Interbank, Inkafarma, de como cinco universidades a nivel nacional… ¿cómo le van a prestar plata a él si a los que tienen que prestarles plata es a los pobres? No es el sistema de salud, es el sistema político el que ha colapsado”.

Su lectura sobre la sociedad y las nuevas medidas que le dan algo más de libertad al ciudadano es realista y devastadora: “La gente ya se aburrió, les llega al pincho si se mueren o no se mueren, hay poco interés por la calidad de vida porque la apatía, la tristeza nacional hace que el Perú parezca una fosa común. Los muertos abundan y las esperanzas de vida son mínimas. Esa mierda está en el aire, es como el óxido. Es una maldición, la vacuna no va curar nada, lo que uno tiene que hacer es cuidarse”. Y los colegas no se libran de su verso: “El periodismo es una basura porque ha entrado al juego, hacen coro a todos los antídotos y tratamientos y ninguno está comprobado, acá tienes que resistir nada más, es lo único que puedes hacer. La cura no existe”.

Para el cronista, las miserias a las que el coronavirus nos expone no pueden desembocar en otra cosa que no sea una respuesta brutal por parte de un ciudadano que, al parecer, continúa sumergido en un letargo que no puede ser eterno: “Lo que va venir es una revolución, en el sentido más tirano del término. La gente se va levantar de alguna manera. Es una lástima, pero los que van a encabezar eso serán los más extremistas. Ya ha pasado eso en el Perú, lo de Sendero lo fue. Imagínate que la gente va en turba a la cárcel, lo saca a Antauro Humala, lo hace su líder, toma el Poder y nadie le va decir nada, el ‘fascismo popular’. Eso es lo que me temo. A este país lo han gobernado tan mal, carajo, su clase política es realmente vergonzosa, estamos como estamos precisamente por eso. Te das cuenta de que el destino del Perú es un destino trágico. El Perú es un país sin instituciones, la corrupción es una pandemia nacional, pero esta sí es transversal a toda la sociedad peruana, no pasa solo en el gobierno o en el Congreso, pasa en todos lados, en las municipalidades, en la sociedad misma”.

“El Perú se quedó sin un céntimo, ya se gastó todo y la segunda oleada no la aguanta, habrá un desgobierno, un descontrol de mierda y eso es lo terrible porque la gente va tener que refugiarse otra vez en sus casas, pero para que no les roben. Ahorita estamos con respirador artificial, pero de acá a unos meses la situación se va agravar. No soy ave de mal agüero, pero las condiciones que yo he visto y he conocido me llevan a esa conclusión. Mi libro intentaba recoger las voces de todos los que participan en esto, enfermos y médicos, pero nos infectamos todos de alguna manera u otra. Yo, en este libro, no aparecía, solo registraba, de pronto, el que no quería meterse empezó a hablar, tuve que cambiar el giro del libro, terminé siendo el agónico mayor… Soy un autor agónico… ponme un titular así”, dice Eloy mientras se entrega a una risa que echa mano de ese vigor mancillado pero imperecedero, como dándose cuenta de que es precisamente en esa voz punzante donde habita el cronista salvaje que recargaba tinta en las mesas sucias de los bares de luz tenue, con los pisos llenos de aserrín adormeciendo sus pasos y los delincuentes queridos, las putas sabias y los filósofos de barra matizando sus escritos.

Una pasión crónica

“Yo era un hombre feliz, puta madre… me gusta el jazz, la salsa, la buena comida, el arte, la poesía, de pronto, me convertí en una piltrafa humana”, lanza, como si le costara reconocerse en ese cúmulo de rezagos que una enfermedad voraz ha dejado en su lugar. Es en esos momentos en los que Eloy parece abrazar el miedo como una condena, pero también como un refugio, como si se "curara en salud", pero aun así se exhibe vulnerable ante una realidad que nunca fue la suya.

"Yo soy curioso, eso es lo que ha hecho que yo sea periodista, estar detrás de lo que es noticia y en ese sentido he hecho lo que correspondía como ser humano, como profesional, estar detrás de un tema que afligía a mi ciudad..."

Se desmarca de esa idea que dice que en la adversidad emerge la creatividad, para él, la escritura va de la mano con sentirse bien, seguro, tranquilo: “No puedo escribir cuando estoy jodido, nada se me ocurre, no tengo ganas de nada, ni siquiera puedo dormir porque ando preocupado, es una cadena. Yo jamás había sentido pánico, pavor, me obnubilé, no me dan ganas de conversar con nadie, quiero estar solo”.

Pero es al final cuando Eloy Jáuregui, el de las frases precisas, el del verbo incendiario y el paladar inquieto se termina imponiendo: “Desde que Vizcarra anunció el primer caso, yo tomé mis precauciones, pero el alma que tengo de guerrero me dijo 'esta es la gran historia de la humanidad'”.

Y es entonces cuando el cronista se encuentra a sí mismo en medio de la desgracia y abraza su naturaleza, esa misma que lo llenó de dicha y orgullo y que hoy puso a prueba su temple únicamente para demostrar de qué está hecho. En Eloy hay espacio para el dolor, pero no lugar para el arrepentimiento: “Yo soy curioso, eso es lo que ha hecho que yo sea periodista, estar detrás de lo que es noticia y en ese sentido he hecho lo que correspondía como ser humano, como profesional, estar detrás de un tema que afligía a mi ciudad, porque Lima no es Barranco o Jesús María, la masa esta en San Juan de Lurigancho, Ate Vitarte, esa gente es la que tiene menos poder adquisitivo. Esa es otra complicación a nivel de responsabilidad social, yo decía por qué salen, por qué chupan y la gente chupa porque está desesperada… quieres olvidarte de lo que está pasando a tu alrededor”.

Pese a las adversidades, Eloy se permite saborear los efectos de esa droga sublime que es la esperanza y entregarse a la emanación cósmica de creer por el simple hecho de creer abandonando la modorra que parece dominarlo la mayor parte del día: “Creo que en algún momento esto se va a componer, pero eso es una esperanza casi utópica, el ser humano no puede existir sin tener una luz al fondo, es el sentido de supervivencia. Yo tengo una luz al fondo, pero el tema está en que para llegar a esa luz, voy a tener que sufrir un montón y ver morir a muchas personas. Va a ser un calvario”.

Fotos: Santiago Salas Gambirazio