América, 2020


En el 2015, la revista Time nos revelaba una portada alusiva al caso de Freddie Gray, joven afroamericano que sufrió una herida en la columna durante una detención policial que lo llevo a la muerte. La imagen es acompañada por la frase What has changed, What hasn’t haciendo referencia a la misma problemática que en 1968 primaba en las calles de Estados Unidos.

Hoy, dicha carátula cobra nuevamente vigencia ante el caso de George Floyd, afroamericano agraviado por un agente policial tras su detención y la mala praxis que las autoridades locales realizaron ante su fallecimiento. La imprudencia significó una enorme conmoción en la sociedad americana.

No puedo respirar, fueron las últimas palabras que se documentaron de Floyd y que actualmente encarnan los constantes atropellos a la cultura afroamericana, entre ellos el caso de Breonna Taylor, quien fue asesinada por la policía de Luoisville, al parecer por error, o Ahamaud Arbery, quien fue alcanzado por una bala cuando lo acusaban de ladrón por parecer sospechoso, se probó su inocencia posteriormente.

El movimiento de derechos civiles y otros mecanismos sociales de la década de 1960 se reconocen como apremiantes victorias contra la segregación racial, sin embargo, no fueron ni están exentas de recibir respuestas desfavorables. Es así como el multiculturalismo ha exigido su espacio dentro de las desigualdades de las políticas públicas y ante el desafiante paleoconservadurismo de Donald Trump.

Actualmente, la lista de cotidianidades en las que un afroamericano puede parecer sospechoso es extensa. Jeff Chang, autor del libro Who We Be: A Cultural History of Race in Post-Civil Rights America, señala que es algo que forma parte del día a día. Cuando eres negro, lo asumes cada vez que sales de casa por la mañana. Un fenómeno poco novedoso y que cada vez es más denunciado.

La indignación no solo nos restriega el brutal proceder de los agentes del orden, también nos muestra el deplorable sistema judicial que ampara este tipo de litigios y que protege, mediante una doctrina legal, las mismas brutalidades. Dicho salvoconducto, implementado por la Corte Suprema de los Estados Unidos, se ha convertido en un escudo para los policías acusados de usar fuerza excesiva o que requieran, de ser el caso, total inmunidad.

Los casos son reiterativos, las brechas de desigualdad son incontables, esta clase de subyugación ha matado a más negros desarmados que a blancos armados, los ciudadanos están en un estado de obsolescencia en el que prima el carácter inclemente, desapacible y crudo de una sociedad clasificada, segregada y subordinada.

Los registros actuales se vuelven cada vez más apocalípticos, escenas que, según analistas, no se evidenciaban desde el asesinato de Martin Luther King hace cinco décadas. A la fecha, los titulares ya no exhiben al COVID-19 como la amenaza más nociva, son las multitudinarias movilizaciones las que ocupan su lugar y las medidas tomadas por el gobierno para replegar estas constantes concentraciones que, al igual que Floyd, exigen respirar.